domingo, 19 de agosto de 2007

A la deriva


El Capitán no sabía dónde llegar, era el polo, todo era blanco, todo era frío, todo era invierno y su brújula no era útil. Qué hacer? la tripulación presionaba, esperaba respuestas, esperaba legar a puerto, debían entregar la mercacía que proveería a su comunidad por mucho tiempo más, debían responder.


Pero nada, ruta que tomaban les mostraba el mismo panorama, bloques de hielo tan blancos que llegaban a ser azules de lo potente. Por otra parte, con quien más compartía el Capitán era su fiel loro, que ya estaba mutando, era una mezcla kafkiana de grillo/loro, nada grato a ratos y que sumaba más resión al viaje.


Así las cosas y con sólo invierno, sólo frío, sólo blanco al rededor el Capitan decidió virar 30° a babor y dejar que el barco siguiera según la corriente, con la secreta esperanza de que apareciera la ruta, y así poder llegar a puerto. Pero lo que la tripulación no sabía era que lo que secretamente esperaba el Capitán era que esa sirena que lo movió ser Capitán apareciera nuevamente y le hablara del mundo submarino, de los colores y de la felicidad.

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